martes, 24 de julio de 2012

El fascismo y la vergüenza, Glendita.






Pues te contaré cómo ocurrió, Glendita. Una tarde entre semana, tendría yo unos trece o catorce años, curioseaba en la biblioteca de casa. Era algo que hacía con frecuencia y que respondía a un interminable proyecto de ordenar la biblioteca paterna según mis intereses de cada momento. Me pasaba horas para recolocar tres o cuatro libros, pues con el pretexto de la clasificación me detenía en la caligrafía de algunos manuscritos, en la trama de una colección de cartas, en noticias de diarios y revistas de la posguerra, los libros dedicados… Por supuesto que esas sesiones estaban dedicadas a la lectura azarosa, a ojear páginas y páginas de  las decenas de libros que pasaban por mis manos y me las dejaban polvorientas y resecas. También leía libros enteros, tratados, biografías, poemarios. Creo que eso explica mi conocimiento de muchas cosas absurdas o inútiles que sólo me servirían para ser un buen concursante de Saber y Ganar. En el fondo se trataba de una búsqueda, de un rastreo de huellas que explicaran la extraña sensación que me provocaba mi entorno. Tenía la sensación de que algo estaba oculto y creía que si lo descubría estaría más cerca de mí mismo. En aquel tiempo, como es lógico, todavía creía en mí mismo. La estructura de la vida colectiva del franquismo me había convertido en un adolescente más bien de izquierdas, sin anclaje en su realidad familiar pero libre de la culpa colectiva gracias a la leyenda liberal en la que, supuestamente, se enmarcaba mi tradición familiar. De forma inconsciente, es decir, de forma adolescente, buscaba algo que explicara por qué me sentía un traidor, por qué nadie de mi entorno podía mantener conmigo una conversación sincera, sin retórica, sin buenas intenciones, sin leyendas, sin necesidad de manifestar a cada paso nuestra lealtad a la memoria, al relato de la memoria. 
          Toda la vida intelectual y pública de mi abuelo, primer alcalde franquista de su ciudad en el año 1938, año complicado sin duda, estaba ordenada en varios estantes de la biblioteca. Sus estudios sobre el barroco, sobre la escultura religiosa, sobre la prensa bajo el reinado de Fernando VII, su famosa guía de la ciudad. Había unos volúmenes de gran tamaño que recogían recortes de prensa de varias décadas, desde su presentación como joven intelectual con inquietudes artísticas, hasta los ecos de su entierro multitudinario en la ciudad levítica.
         Entre los libros encontré un pequeño folleto que incluía varios discursos, uno de ellos dirigidos al cuerpo de alféreces provisionales. Nunca antes había reparado en él. Era esa prueba a la vista de todo el mundo: la carta robada. Leí y mientras leía noté que se me aceleraba el corazón y las manos me temblaban. Leía sin memoria, tenía que releer para verificar que lo que estaba leyendo era efectivamente lo que estaba escrito. Mi abuelo era un mito familiar, todos, sin excepción, no sólo recordaban con cariño su persona sino que veneraban su recuerdo como la de un santo civil, un hombre bueno y elegante, un ser refinado y distinguido, flor extraña en un entorno de barbarie. Por haber llegado al mundo después de su muerte yo quedaba excluido del recuerdo vivido y la veneración ciega. En ese momento leía un discurso en la que mi abuelo hablaba de la pureza de la sangre, de la santidad de la sangre derramada, de la limpieza del Estado cuando se elimina la sangre corrompida. De aquellas páginas, en la soledad de la biblioteca de casa, había surgido una esfera de vergüenza que iba creciendo hasta envolver todo mi cuerpo. Oía murmullos, oía multitudes vitoreando, oía gritos y figuras muy serias mandando callar y, una y otra vez, las frases repetidas hasta perder el sentido: pureza de sangre, limpieza del Estado, sangre derramada. Figúrate, Glendita. En todo ese caótico fresco histórico aparecía él, triste y solemne, mirándome a los ojos y asintiendo con la cabeza, pronunciando una frase sin sonido, o al menos yo no lograba entender lo que decía, sólo percibía el movimiento de sus labios, el movimiento a cámara lenta de sus labios.




                                   Reserva Espiritual de Occidente, Limpieza y orden

Había entrado en la cueva oscura de lo oculto. Alguien, más bien todos habían tapiado aquel pasillo hacia la vergüenza y ahora, al penetrar en él, se había producido en mi un efecto mágico en forma de una esfera púrpura que  rodeaba todo mi cuerpo. Cualquiera con capacidades sinestésicas que me hubiera visto en aquel momento, de pie, delante del estante de los libros de mi abuelo, me habría visto envuelto por esa esfera púrpura mirando hacia el frente e intentando descifrar lo que los labios de mi abuelo querían transmitirme. Una experiencia en los límites de la realidad, créeme, Glendita.
         Mi madre me llamó para cenar y la esfera púrpura se replegó sobre el libro y todo desapareció como por un golpe de viento. Fui a la cocina, me senté a la mesa y tomé una sopa de invierno sin decir palabra, noqueado.  En los días posteriores intenté compartir mi descubrimiento con mis hermanos. No parecía interesarles, es más, creo que ni siquiera dieron muestras de haber oído lo que yo les decía, hasta tal punto que tuve dudas de habérselo comentado realmente. Mi planteamiento era sencillo: ¿cómo un hombre bueno y elegante podía haber escrito esas barbaridades? Pero no, no existía esa conversación, sentía que les molestaba, que despreciaban mi ingenuidad o que detectaban la figura ruín del traidor vocacional. Esos días son el origen de mi vida como resentido, la fuente de donde durante años emanó mi vergüenza. Digamos que todo habría sido más real y, por tanto, habría tenido más futuro si hubieran aprovechado la ocasión para poner las cosas en su sitio, reorganizar la memoria, adecuarla a los tiempos y aceptar sin vergüenza la historia. Tratar el pasado como pasado y no como una forma de presente. Sí, el abuelo fue fascista y uno de los políticos provinciales más afecto al régimen de Franco. Cómo sucedió es cosa que puedo entender, que incluso puedo comprender, pero lo que me avergonzaba era no poder llamar a las cosas por su nombre y saber que muchas cosas que no podía llamar por su nombre eran producto de ese aprendizaje del ocultamiento y la vergüenza.
         Con el tiempo he comprendido que las palabras que mi abuelo dibujaba con los labios dentro de la esfera púrpura eran: «no me juzgues». Pero en aquel momento me parecía imposible no juzgar, me resultaba imposible poder combinar el pasado liberal de mi abuelo, su amistad con García Lorca y con tantos otros, con el hecho de que aceptara ser gobernador y alcalde de la ciudad en los perores momentos de la represión franquista, me resultaba a todas luces irreconciliable su discurso sobre la sangre con su perfil bondadoso y elegante. No dudo que fuera bondadoso y elegante pero tomó una deriva política que yo jamás habría tomado. Es más, puedo entender sus razones para tomarla, pero, pero...
        Hay cosas que un hombre no debe decir y no debe hacer, Glenda, ni siquiera debería pensarlas. Si las dice podemos perdonarlas o no, pero hay cosas que nadie debe decir, ni entonces ni ahora. Hay irresponsabilidades, hay cobardías, hay deslealtades, hay oportunismos y pueden perdonarse, sí, pero hay que ponerles nombre. Si no tienen nombre, si se tapan, la vergüenza seguirá su camino y es posible que tengamos que vivir con la sensación de que todos en nuestro entorno se han construido una memoria de pez, una memoria para vivir un extenuante presente eterno.