sábado, 28 de julio de 2012

Cuatro posibilidades para Erik.









Después de fiestas y reuniones, durante el segundo día del año de 2012, Erik veía ante sí una pizarra pedagógica en donde se explicaban las múltiples posibilidades de su vida.

1.     Posibilidad oriental: consiste en escenificar la sabiduría, aprender algunas metáforas esenciales que tengan que ver con la luz y el agua, sentarse sobre una piedra desnuda a un lado del camino y esperar a que los demás se pierdan en el laberinto para agradecer la calma que proporciona la quietud.

2.     Posibilidad trágica: narcisista y peligrosa, consiste en abrazarse al destino como quien se abraza a la cintura de la perdición, esa perdición con un culo perfecto, ideal, ese culo olímpico que Marcel Duchamp conocía y que supo poner en su sitio, pero que el oficiante trágico lo desea siempre en otro lugar: el culo como cimiento y hormigón armado de un futuro sin porvenir. Disiparse en el exceso y el barroco.

3.     Posibilidad senil e infantilizadora: consiste en abandonarse, engordar, despreocuparse por las apariencias, coleccionar manchas en jerséis, alimentarse de porquerías, fumar y beber sin límite, día a día, hora a hora, con método. Consiste, en resumen, en elegir desde por la mañana los caminos mas indolentes y escépticos. Es la solución Gran Lebowsky, la que te conduce a un cielo pop.

4.     Posibilidad demente y club de la comedia: consiste en que los demás te den por imposible, desarrollar la incoherencia y la arbitrariedad más radical, eliminar todo sentimiento que no sea lúdico e inexplicable, un “yo soy así” constante y matemático pero desprovisto de “yo” de “ser” y de “así”.

        Había una quinta posibilidad, pero suponía fregar los platos y poner lavadoras.

martes, 24 de julio de 2012

El fascismo y la vergüenza, Glendita.






Pues te contaré cómo ocurrió, Glendita. Una tarde entre semana, tendría yo unos trece o catorce años, curioseaba en la biblioteca de casa. Era algo que hacía con frecuencia y que respondía a un interminable proyecto de ordenar la biblioteca paterna según mis intereses de cada momento. Me pasaba horas para recolocar tres o cuatro libros, pues con el pretexto de la clasificación me detenía en la caligrafía de algunos manuscritos, en la trama de una colección de cartas, en noticias de diarios y revistas de la posguerra, los libros dedicados… Por supuesto que esas sesiones estaban dedicadas a la lectura azarosa, a ojear páginas y páginas de  las decenas de libros que pasaban por mis manos y me las dejaban polvorientas y resecas. También leía libros enteros, tratados, biografías, poemarios. Creo que eso explica mi conocimiento de muchas cosas absurdas o inútiles que sólo me servirían para ser un buen concursante de Saber y Ganar. En el fondo se trataba de una búsqueda, de un rastreo de huellas que explicaran la extraña sensación que me provocaba mi entorno. Tenía la sensación de que algo estaba oculto y creía que si lo descubría estaría más cerca de mí mismo. En aquel tiempo, como es lógico, todavía creía en mí mismo. La estructura de la vida colectiva del franquismo me había convertido en un adolescente más bien de izquierdas, sin anclaje en su realidad familiar pero libre de la culpa colectiva gracias a la leyenda liberal en la que, supuestamente, se enmarcaba mi tradición familiar. De forma inconsciente, es decir, de forma adolescente, buscaba algo que explicara por qué me sentía un traidor, por qué nadie de mi entorno podía mantener conmigo una conversación sincera, sin retórica, sin buenas intenciones, sin leyendas, sin necesidad de manifestar a cada paso nuestra lealtad a la memoria, al relato de la memoria. 
          Toda la vida intelectual y pública de mi abuelo, primer alcalde franquista de su ciudad en el año 1938, año complicado sin duda, estaba ordenada en varios estantes de la biblioteca. Sus estudios sobre el barroco, sobre la escultura religiosa, sobre la prensa bajo el reinado de Fernando VII, su famosa guía de la ciudad. Había unos volúmenes de gran tamaño que recogían recortes de prensa de varias décadas, desde su presentación como joven intelectual con inquietudes artísticas, hasta los ecos de su entierro multitudinario en la ciudad levítica.
         Entre los libros encontré un pequeño folleto que incluía varios discursos, uno de ellos dirigidos al cuerpo de alféreces provisionales. Nunca antes había reparado en él. Era esa prueba a la vista de todo el mundo: la carta robada. Leí y mientras leía noté que se me aceleraba el corazón y las manos me temblaban. Leía sin memoria, tenía que releer para verificar que lo que estaba leyendo era efectivamente lo que estaba escrito. Mi abuelo era un mito familiar, todos, sin excepción, no sólo recordaban con cariño su persona sino que veneraban su recuerdo como la de un santo civil, un hombre bueno y elegante, un ser refinado y distinguido, flor extraña en un entorno de barbarie. Por haber llegado al mundo después de su muerte yo quedaba excluido del recuerdo vivido y la veneración ciega. En ese momento leía un discurso en la que mi abuelo hablaba de la pureza de la sangre, de la santidad de la sangre derramada, de la limpieza del Estado cuando se elimina la sangre corrompida. De aquellas páginas, en la soledad de la biblioteca de casa, había surgido una esfera de vergüenza que iba creciendo hasta envolver todo mi cuerpo. Oía murmullos, oía multitudes vitoreando, oía gritos y figuras muy serias mandando callar y, una y otra vez, las frases repetidas hasta perder el sentido: pureza de sangre, limpieza del Estado, sangre derramada. Figúrate, Glendita. En todo ese caótico fresco histórico aparecía él, triste y solemne, mirándome a los ojos y asintiendo con la cabeza, pronunciando una frase sin sonido, o al menos yo no lograba entender lo que decía, sólo percibía el movimiento de sus labios, el movimiento a cámara lenta de sus labios.




                                   Reserva Espiritual de Occidente, Limpieza y orden

Había entrado en la cueva oscura de lo oculto. Alguien, más bien todos habían tapiado aquel pasillo hacia la vergüenza y ahora, al penetrar en él, se había producido en mi un efecto mágico en forma de una esfera púrpura que  rodeaba todo mi cuerpo. Cualquiera con capacidades sinestésicas que me hubiera visto en aquel momento, de pie, delante del estante de los libros de mi abuelo, me habría visto envuelto por esa esfera púrpura mirando hacia el frente e intentando descifrar lo que los labios de mi abuelo querían transmitirme. Una experiencia en los límites de la realidad, créeme, Glendita.
         Mi madre me llamó para cenar y la esfera púrpura se replegó sobre el libro y todo desapareció como por un golpe de viento. Fui a la cocina, me senté a la mesa y tomé una sopa de invierno sin decir palabra, noqueado.  En los días posteriores intenté compartir mi descubrimiento con mis hermanos. No parecía interesarles, es más, creo que ni siquiera dieron muestras de haber oído lo que yo les decía, hasta tal punto que tuve dudas de habérselo comentado realmente. Mi planteamiento era sencillo: ¿cómo un hombre bueno y elegante podía haber escrito esas barbaridades? Pero no, no existía esa conversación, sentía que les molestaba, que despreciaban mi ingenuidad o que detectaban la figura ruín del traidor vocacional. Esos días son el origen de mi vida como resentido, la fuente de donde durante años emanó mi vergüenza. Digamos que todo habría sido más real y, por tanto, habría tenido más futuro si hubieran aprovechado la ocasión para poner las cosas en su sitio, reorganizar la memoria, adecuarla a los tiempos y aceptar sin vergüenza la historia. Tratar el pasado como pasado y no como una forma de presente. Sí, el abuelo fue fascista y uno de los políticos provinciales más afecto al régimen de Franco. Cómo sucedió es cosa que puedo entender, que incluso puedo comprender, pero lo que me avergonzaba era no poder llamar a las cosas por su nombre y saber que muchas cosas que no podía llamar por su nombre eran producto de ese aprendizaje del ocultamiento y la vergüenza.
         Con el tiempo he comprendido que las palabras que mi abuelo dibujaba con los labios dentro de la esfera púrpura eran: «no me juzgues». Pero en aquel momento me parecía imposible no juzgar, me resultaba imposible poder combinar el pasado liberal de mi abuelo, su amistad con García Lorca y con tantos otros, con el hecho de que aceptara ser gobernador y alcalde de la ciudad en los perores momentos de la represión franquista, me resultaba a todas luces irreconciliable su discurso sobre la sangre con su perfil bondadoso y elegante. No dudo que fuera bondadoso y elegante pero tomó una deriva política que yo jamás habría tomado. Es más, puedo entender sus razones para tomarla, pero, pero...
        Hay cosas que un hombre no debe decir y no debe hacer, Glenda, ni siquiera debería pensarlas. Si las dice podemos perdonarlas o no, pero hay cosas que nadie debe decir, ni entonces ni ahora. Hay irresponsabilidades, hay cobardías, hay deslealtades, hay oportunismos y pueden perdonarse, sí, pero hay que ponerles nombre. Si no tienen nombre, si se tapan, la vergüenza seguirá su camino y es posible que tengamos que vivir con la sensación de que todos en nuestro entorno se han construido una memoria de pez, una memoria para vivir un extenuante presente eterno.

martes, 17 de julio de 2012

Dos sueños de Glenda Moriarty.


 




Desde que trabajaba para el profesor M., Glenda recordaba sus sueños. Se los contaba a Erik, de madrugada, y él encontraba en ellos claves para jugar al blackjack. Y es que Glenda no sabía nada del murmullo de signos en el que se convierte el mundo para un jugador profesional. Para ella el interés de Erik era desinteresado, una prueba de amor o un sustituto de su presencia. Pensaba que compartir sus sueños era trazar un hilo desde Madrid a Los Ángeles, acariciar su imaginación ya que era imposible tocar su cuerpo.
La madrugada del 16 de julio de 2012, Erik, en slips, dando sorbos a un ruso blanco, apoyado con el hombro en el ventanal de su habitación en el hotel Wynn, en pleno Strip de Las Vegas, Erik, digo, oyó a Glenda contarle dos sueños desde Madrid:
 “He soñado con dos gatas, una azul y otra roja. Eran grandes y bastante peludas, suaves, sospecho. Estaban en la calle y jugaban a pelearse. Bueno, creo que se peleaban, no hacían otra cosa, y el juego era un añadido mío. Una pelea de gatas de colores en medio de una calle de una ciudad china. Sí, era una ciudad china, de eso estoy segura porque aunque en el sueño no olía a nada sabía que si hubiera podido oler habría reconocido el acre aroma de la Revolución Cultural. Lo reconozco  no por haber conocido China en esa época, sino por los recovecos y pasillos de los gigantescos locales de El Corte Chino. El resto se resume en una experiencia extática: las dos gatas en una interminable danza espiral, como dos anchas cintas de terciopelo, una azul y otra roja, investigan las posibilidades del movimiento circular. Mi mirada, la mirada soñada como mía, queda suspendida e hipnotizada por el círculo. Sólo me distrae un chino que pasa por detrás de la escena leyendo el Libro Rojo de Mao, lo que definitivamente confirma que se trata de una ciudad China. Cuando vuelvo la atención a las dos gatas percibo que están intentando decirme algo, que sus movimientos no son azarosos y que su pelea es más bien un código. Recuperado de la fascinación visual, poco a poco va apareciendo algo más abstracto. Ahora las dos gatas son verdes y distingo con claridad el signo del infinito que están trazando con sus suaves cuerpos. El chino del libro rojo vuelve a escena, me mira y puedo leer en sus labios una pregunta: “¿Desde dónde y hasta cuándo?”. Y yo lo entiendo, lo entiendo a la perfección, como no he entendido nunca a nadie.
También he soñado con el invierno. Estoy sentada en un parque mal iluminado y con fuertes corrientes de aire. Sólo hay una niña jugando con una pelota, cosa bastante extraña porque debe ser bastante tarde, las dos o las tres de la mañana. Pero ni me pregunto qué hago yo sola sentada en un parque, una noche de invierno, a esas horas, ni tampoco me preocupa esa niña noctámbula. Por un momento no veo a la niña pero si oigo la pelota. Entonces recibo un pelotazo en la cara. Me asusto y me levanto cabreada. La niña me mira casi sin expresión, con una microscópica sonrisa, y la reconozco: es yo a los nueve años.”

domingo, 15 de julio de 2012

Primera aparición de Glenda, primeras noticias del profesor M.







Estimados señores amigos del profesor M.:

Me presento. Soy Glenda, la nueva secretaria del profesor M. Antes de caer dormido me hizo prometer que les escribiría un correo comentándole sus palabras, que más que palabras son exabruptos. Yo lo hago, no sé bien para qué. El maestro tomó demasiado desde medio día. Antes de desplomarse en el diván, "con el peso de las dos guerras mundiales, y una civil, caigo en este diván” dijo antes de perder la lucidez,  me encargó que aceptase vuestra invitación para la cena de Navidad. Vino a visitarlo una comisión islandesa de críticos literarios con una botella de mezcal. Aunque el maestro aguanta bastante a sus setenta y dos años, su carácter sanguíneo puede con él. Bastó que uno de los islandeses mencionara a Ruiz Zafón para que el prof. M. agarrara la estrella del árbol de Navidad y se la lanzara a los ojos: “¡¡Mantequilla y sólo mantequilla!!”, les repetía sin saber cómo salir del bucle. Menos mal que apareció su hijo y pudo  reducir al padre. Todavía gritaba, ya en la cama, mientras la comisión islandesa abandonaba el apartamento un poco perpleja, con la convicción de que "Ruiz Zafón" era algo peligroso en aquella casa. Recién se van, el prof. M. dice sentirse confuso y avergonzado. Que, si, que el prof. M. asistirá a la cena de Navidad, "aunque sea la última cosa que haga en este mundo". Antes de entrar en un profundo sueño dijo algo sobre la idolatría navideña: “Benditos sean los belenes; a la mierda los belenes”, la verdad es que se contradecía. Eso fue exactamente lo que dijo, y me preguntó qué número era, cosa que no entendí. Tampoco entendí muy bien lo que dijo sobre los colchones y la felicidad, sólo sé que pude ver cómo tocaba el somier y decía acordarse de la belleza extraterrestre de Grace Kelly con 23 años. Ya entre las sábanas, febril, susurraba comentarios sobre don Mariano y la profecía maya. "Qué cojones les pasa a esos pendejos que no saben que una célula es más valiosa que todo el tesoro”. Yo sólo me limito a transcribir lo que él quería decir, porque él me ordenó que escribiera este correo con "los momentos más señalados de mi confusión mezcálica", literalmente. También dijo que se imaginaba a don Hal y a don Stanley  organizando sus funerales bajo la encina gigante del camino. A su hijo le dedicó una lista para vencer a la muerte: "un tigre, la sandía, una cerveza fría en agosto, pisar la hierba descalzo, las señoritas que aún no conocemos, un refugio en la nieve, algunos bares del mundo, Nueva York, la música que detiene el tiempo, los buenos materiales, los bolígrafos que pesan, el vino, dos o tres porros, las playas de Bolonia, Cadaqués, una cena con los amigos, regalar muebles, irse sin pagar de un restaurante caro, que los hijos te hagan cosquillas y te entre tos, entenderse sin decir palabras, comer sobrasada y masticar con la boca abierta mientras sacas la lengua, una guerra de tartas, mear una vez al año en la calle, el helado de vainilla, las tortitas de camarones, La Dolce Vita…". El viejito no paraba, estuvo así una hora por la menos, el tiempo que tardamos su hijo y yo en preparar la cena y tomarnos dos pisco sauer. Luego dijo unas palabras sobre la señora P: "Vamos a cumplir treinta años de no se sabe qué y estoy contento. ¡Pero quiten ese cenicero de ahí y bajen la tapa del retrete por si aparece la puñetera!" Luego se calló y no hubo más. Yo me alegro mucho de que el maestro me encargara transmitirles sus respuestas y pensamientos para tener, así, oportunidad de saludarlos por escrito. Espero conocerlos en la próxima cena en casa del viejito (espero que nadie mencione a Ruiz Zafón). Entre tanto yo me despido de ustedes mostrándoles mi consideración y afecto arbitrario. Poco a poco voy entendiendo los laberintos narrativos de su novela Una montaña rusa a los cuarenta. El maestro los quiere mucho.

Atentamente,

Glenda Moriarty.

domingo, 8 de julio de 2012

Microconferencia número uno del profesor M.: El onanismo entre el pueblo judío.




 


(Primera micro conferencia del profesor M. a bordo del crucero Ragnarök, de la compañía "Seven Seas & New Life".)

Es difícil arrojar luz sobre asunto tan oscuro como el onanismo, pero lo cierto es que vivimos en la edad de oro de la paja. Si he dilatado la comunicación de mis reflexiones es porque no es asunto pequeño el de la pequeña muerte en solitario, he trabajado en ello a dos manos, y con la conciencia, no unánime, de que es necesaria cierta mano izquierda.
 En este tema, como en tantos, irse para nada puede ser la solución, pero lo necesario es irse. Un viejo adagio latino ya nos avisaba: Semen retentum venenum est, y eso a pesar de todos los nutrientes y vitaminas que egoístamente nos puede aportar su retención tántrica. El mundo, queridos amigos, se ha equilibrado a golpe de sexo solitario, sobre todo el mundo masculino, ese mundo tan desquiciante y desaforado, plagado de mitos monumentales de la acción y el carácter, de la contención y el exceso. Todo hombre se enfrenta, tarde o temprano, a la paja paranoica. Es un hecho contundente, es decir, es un hecho y punto. En el mundo femenino el asunto es más intrincado y no seré yo quien lo aborde, no por comodidad, sino por respeto al no sé qué.
Expondré mis ideas desde una perspectiva histórica. No conozco mejor perspectiva a excepción de la perspectiva mítica, muy superior y que, como verán, aparece por todos sitios.


Microconferencia número uno: El pueblo judío.

Pero empecemos como Dios manda. Todo empieza con Onán, marcado personaje del Antiguo Testamento. Un pionero. El caso es que los judíos debían casarse con sus cuñadas si los hermanos fallecían. Onán, respetuoso con toda ley, se casó con Tamar cuando ésta quedó viuda de su hermano Er. Pero el pobre Onán, un moderno en muchos aspectos, estaba hecho un lío. Su vida era un laberinto moral. Hoy se habría gastado una fortuna en terapia. El hombre no soportaba la idea de tener un hijo con la mujer de su hermano, porque si esto sucedía ese hijo podría ser considerado “el primogénito” de su hermano, por lo que desplazaría a Onán a un segundo lugar en sus derechos. Mientras Onán tenía relaciones con Tamar, que por el nombre debía estar bastante buena, siempre veía sobre sus cabezas a Er, siempre Er, Er en el suelo, Er multiplicado en mil caras de Bélmez sobre las paredes, Er en sus genitales y en los de Tamar. Total, que Onán se dijo, pues nada de eso, nada de primogénitos, yo me corro pero me corro fuera. Y así hizo, eyaculando una y otra vez en la tierra. Acababa de inventar el coitus interruptus que tantas vidas ha salvado. Pero como la cosa se ponía rara y obsesiva, y además Tamar le importaba un bledo comparándola con la primogenitura, Onán empezó a cascársela sin tasa, sin freno, vertiendo siempre en el suelo. No tenemos noticias de que se le ocurrieran otras bellaquerías, pero está claro que en Onán están en agraz las semillas, que por otra parte derrochaba, de la pornografía postmoderna: nadie eyacula donde Dios manda. El caso es que Onán fue fulminado por Dios como respuesta a su reiterado acto de codicia.
Onán, ese paranoico hijo del pueblo judio, ese tormento de Tamar, ese hombre atormentado a su vez por la primogenitura, ese hijo sin hijos, es el anuncio de esta edad dorada del vicio que lleva su nombre. Patrón de oficiantes del vicio solitario que alguna vez han fantaseado con la idea de ser fulminados por un rayo, de ser pillados en el momento de no retorno. Sospecho que hay una sabiduría paranoica en Onán y recuerdo aquellos versos de Machado “… a veces sabe Onán / mucho que ignora Don Juan”. Como tarea aparte les propongo que piensen en esta frase durante la cena y escriban cinco líneas al respecto. Debatiremos sobre ello en el inicio de la próxima microconferencia: la Grecia Antigua o el descubrimiento de la ligereza.
Al hilo, queridos pasajeros, les iré facilitando alguna bibliografía actual. Mi primera recomendación es un novelista colombiano nacido en 1967. No es imprescindible, sólo es interesante y pop. Se llama Efraín Medina Reyes y en 2003 publicó Técnicas de masturbación entre Batman y Robin: novela supercool basada en la técnica del dedo pulgar introducida en América por Bruce Lee, Ciro Díaz, Bruno Mazzoldi y The Velvet Underground (Barcelona, Destino, 2003). Los nombres oscuros de este título son Ciro Díaz y Bruno Mazzoldi. Ciro Díaz es el fundador de la multinacional Fracaso Ltd. Nada más sé, sólo que el slogan de la empresa era “donde se necesite un fracaso, allí estaremos”. Bruno Mazzoldi es catedrático de la universidad de Nariño (Colombia) y autor de trabajos académicos como “Proteo encarpetado: suavidad académica y eventos de violencia”, “La prueba del culo: ¿existe una filosofía latinoamericana?”,  “Ni poste ni rizoma, regaliz” o su obra experimental “El esfínter analógico de la señorita Callamand y otros tropos”. Digamos que Medina Reyes, apoyado en el magisterio de Mazzoldi, parte de las ideas de Foucault sobre la masturbación considerada como “tecnología del yo”. Con eso digo todo y no digo nada.

(Viñeta de Robert Crumb) 

viernes, 6 de julio de 2012

Historias de la furibunda y moribunda literatura.







Saber despedirse es un arte. Utilizar los gestos y las palabras adecuadas pueden ser  la garantía de un alegre reencuentro. Hay quien se despide con todos los símbolos y estandartes saludando desde esta orilla y deseando buen viaje a quien se adentra en el desierto. Adiós, adiós, fuimos tan felices juntos que echarte de menos será recordar los buenos momentos. Hay quien nunca se despide del todo y confía en las cartas, en la escritura, en los papeles guardados en cajones o en archivos del disco duro. Hay también quien se despide con un sonoro beso en la boca y acepta que todo era nada y nada era todo.  
         La despedida de la literatura es ya un topos literario del siglo XXI, este siglo que, por ahora, se parece mucho a un adolescente. A Saul Bellow le resultaba muy doloroso tener que dejar a Ravelstein (publicada en 2000, Ravelstein es su última novela) en manos de la muerte, pero ya se sabe: ni la literatura ha existido siempre ni existirá para siempre. Federico el Grande era muy poco diplomático con los soldados que no tenían muy claro entrar en batalla: “¡Perros! ¿Acaso queréis vivir para siempre?” Así que poco a poco nos vamos despidiendo de todo, también de las formas literarias. Nadie echa de menos el drama neoclásico, bueno, casi nadie, sin embargo despedirse de él fue causa de polémicas, insultos, motines, hasta el gobierno tuvo que intervenir. Total para nada: se impuso el romanticismo. Despedirse del humanismo ya es otra cosa, y eso que nos vamos despidiendo hace ya décadas sin tantos altercados, pero las heridas son más profundas, tan profundas que a veces las confundimos con nosotros mismos.
         Justo en los primeros años del siglo XXI John Gray enunció los presupuestos fundamentales de su filosofía política: el antihumanismo, mezcla de crítica radical al neoliberalismo y defensa de la condición animal de la humanidad. Para Gray somos animales que no buscan realizar valores sino saciar necesidades. Y me pregunto: ¿es la literatura una necesidad? Claro que no. Lo que sí es una necesidad es contar historias por la noche, alrededor del fuego. La literatura es un valor y de los valores nos vamos despidiendo. A la novela le gusta mucho despedirse de la literatura, está en su genética cervantina. Quiero hablar aquí, brevemente, de tres novelas recientes en español  que se despiden a su manera de la literatura y contienen personajes que son final de especie: el último editor literario y los últimos profesores de literatura, es decir personajes que se parecen demasiado a un ensayo de Piglia, cosa nada rara, porque la literatura de nuestro tiempo es lo más parecido a un ensayo de Ricardo Piglia.


         Dublinesca, como toda la obra de Vila-Matas, es la manifestación de un fanatismo desmesurado por la literatura.  Melodrama, tragedia y necesaria comedia de un editor obsesionado por encontrar un joven autor genial. Ese ya célebre funeral por las cumbres de la Galaxia Gutenberg, que sigue la pauta del funeral por Paddy Dignam del sexto capítulo del Ulises de Joyce, va avanzando en la novela con búsquedas en Google y audiciones de Billie Holiday, Tom Waits o el leit motiv de Green Fields of France, una atmósfera de niebla y mito, que favorece la reaparición del “autor literario”, de Vilem Vok, y de ese joven genio de las letras, pues ya se sabe que “siempre aparece alguien que no te esperas para nada”. Esta reaparición del “autor”, que podemos entender como una superación de toda la teoría literaria del siglo XX (Vila-Matas publicó casi al mismo tiempo el pequeño volumen Perder teorías), es una despedida ritual, como ritual es el canibalismo de algunos salvajes, el fin es apoderarse del poder del enemigo. El funeral por la Galaxia Gutenberg se convierte en saludo a un nuevo de tipo de autor y un nuevo tipo de lector con talento. Asistimos a un funeral y a un bautizo. El caso es que en la novela de Vila-Matas lo que nace es algo que ya conocíamos, es una vuelta, un reencuentro. Si nos despedimos como dios manda sabremos reencontrarnos. Riba, el editor retirado que protagoniza la novela, es consciente de que en todas las épocas es característico de la imaginación encontrarse siempre al final de una época, es decir, que la imaginación es apocalíptica. Además, dice Riba, “Lo importante no es que se vaya a pique la brillante era de la imprenta. Lo verdaderamente grave es que me voy a pique yo.” Pero siempre aparece alguien, incluso en los funerales, alguien con una gabardina que nos recuerda que en las novelas de Vila-Matas la literatura no se acaba con el yo.





         Un momento de descanso es una triste y divertidísima despedida de la literatura, de la literatura como asunto académico. Aquí no hay funeral sino inauguración de curso académico, en el tiempo en que las humanidades se han convertido en saberes de saldo y sus oficiantes son impostores, consciente o inconscientemente educados en la tradición franquista del menosprecio de la cultura. Pero además la novela de Antonio Orejudo es una alegre reivindicación de la capacidad de fabular más allá de la literatura. Los indicios conspiratorios, las obsesiones paranoides, las interpretaciones delirantes construyen un marco de novela de novelas que adapta al sainete académico español el mundo alucinante y alucinado de la genial Ruido de fondo de Don Delillo. Los teóricos de la literatura se ha convertido en productores de pelis porno (era de esperar) y los profesores de literatura miran al vacío. Un momento de descanso se despide de la literatura como asunto académico, alegremente, consciente de que en el fondo lo que la literatura ha querido siempre es hacerse visible, como la imaginación. Sensata despedida de lo moribundo con beso en la boca y promesa de felicidad y descanso. La burbuja de los estudios literarios algún día tenía que explotar.
         Bolaño, que se despidió del todo, no se despidió de la furibunda y moribunda literatura. Ni siquiera de la publicación. Su última novela, fragmentaria y fractal, es, en lo fundamental, la historia de Amalfitano, profesor de literatura que a los cincuenta años descubre la homosexualidad, antes de acabar en Santa Teresa poniendo libros al fresco. Es decir, descubre la poesía y el amor por un cierto Padilla de dudosos y vanguardistas gustos literarios que escribe una novela titulada El dios de los homosexuales. Por estas peligrosas relaciones tendrá que abandonar Barcelona con su hija adolescente, que está empezando a dejar de leer (esta si que se está despidiendo de la literatura), e instalarse en Santa Teresa, lugar poco recomendable para nadie que no sea lector de Bolaño. Allí se convierte en lector  “a destiempo” de las novelas de Arcimboldi. En Los sinsabores del verdadero policía Bolaño no se despide de la literatura, al contrario, a la vejez viruelas. El cansado Amalfitano recuerda que de adolescente “hubiera querido ser judío, bolchevique, negro, homosexual, drogadicto y medio loco, y manco para más remate, pero sólo fui profesor de literatura”. Siempre nos quedará Amalfitano que, casi rezando, agradece haber podido leer miles de libros: “Menos mal que he conocido a los Poetas y que he leído las Novelas… Menos mal que aún puedo leer, se decía entre escéptico y esperanzado”.
         Tres novelas para aprender a despedirse.

martes, 3 de julio de 2012

Hasta en sueños he creído tenerte.









Me tomé un par de cañas con papas arrugás y mojo picón en un bar de la Playa de las Canteras y luego acabé en un pub de ambiente tropical donde a cada rato se escuchaba una salsa de Lalo Rodríguez invitando a alguien a que lo devorara… porque en todas busco lo salvaje / de tu sexo amor. Para mí era un saber hermético eso de “lo salvaje de tu sexo”… hasta en sueños he creído tenerte / devorándome. Digamos que sentía miedo, que me inquietaba, que me hubiera gustado en ese momento cambiar opiniones y teorizar sobre esa forma de sexo tigresco y tropical, se me venía a la cabeza ese cuadro de Dalí en el que dos tigres se abalanzan sobre un cuerpo carnal y blanco, unos tigres soñados por ese cuerpo, un Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertarno he podido encontrar la mujer /  que dibuje mi cuerpo en cada rincón  / sin que sobre un pedazo de piel, / ay ven. ¿Cuando estaré dentro de un sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada y abandonaré esta pesadumbre amorfa del gran teórico? …Hasta en sueños he creído tenerte / devorándome / y he mojado mis sábanas blancas / llorándote / y en mi cama nadie es como tú… La humedad era, a la vez, lo más concreto y lo más teórico de la canción, sobre todo porque me daba cuenta que el problema estaba en el posesivo, “mi cama”, no “la cama”, sino “mi cama” como lugar de pruebas sexuales. Y la cosa se cerraba con un floreado de metales después de repetir devórame suavecito y con calma hasta el amanecer.
         A la tercera vez que la escuché ya llevaba dos gin-tonics encima. Vi a Berta Guillemon al otro lado de la barra. Vi su espalda y su gran melena negra. La verdad es que se la veía bella: unas botas marrones oscuras y ceñidas hasta mitad de la pantorrilla, medias negras, una falda también negra y ligera hasta la rodilla, una falda que volaba y se posaba, una falda que era como una mariposa, y una blusa blanca de manga corta que resaltaba unos brazos sólidos y suaves. Berta no me caía bien, era uno de los peces piloto de De Boer, eso sí, el pez piloto con más dignidad. Más bien había decidido que no me cayera bien porque suponía un conflicto de clase: yo pertenecía al estamento que nunca iría al congreso de Honolulu y además no tenía cama de pruebas; ella ya había estado en Honolulu y siempre que podía daba por sentada su maitrisse en sábanas blancas. Pero estaba guapísima, sobre todo entonces, después de haberme machacado las neuronas con las ansias de Lalo Rodríguez. Pensé en Berta devorándome y aquello no era verosímil, era una escena que me enervaba y avergonzaba. Ella debió sentir algo porque, sin venir a cuento, se dio la vuelta y me saludó, pero sucedió de forma tal que pensé que llevaba rato ensayando el saludo y que lo hizo, con gran maestría, justo en el instante posterior a que yo decidiera la inverosimilitud de tenerla en mi cama devorándome. “Qué hay Berta” dije a lo lejos subrayando la palabra “Berta” y ella que había mantenido la mirada hasta ese momento frunció la nariz hacia los ojos, en un gesto que era para comérsela, y se volvió a seguir hablando con su acompañante, un profesor de la Universidad de Davis, California, hipermoderno, hipersiniestro, hipertextual y, además, redactor jefe de Hypertexte Internacional Vademécum. A tomar por culo.





         La barra del pub hacía un triángulo: yo estaba en el ángulo exterior, el más incómodo, el ideal para subrayar todo aislamiento o culpa, porque en el fondo la barra me señalaba a mí, señalaba una presa, un destino, una dirección. Berta y el profesor de Davis estaban en el ángulo interior a mi izquierda. En el ángulo interior a mi derecha había una pareja que me miraba. Tendrían entre cuarenta o cincuenta años. Me miraban, hablaban y me volvían a mirar. Pensé que se habían dado cuenta de que había imaginado a Berta devorándome. Eran muy raros, pensé que eran un par de colgados ingleses, eso parecían. Lo que sí percibí desde el principio es que él la quería mucho, mucho más que ella a él. Ella más bien parecía necesitarlo. Estaban fuera del mundo, como yo, en un vértice, pero ellos eran raros y yo no me consideraba nada raro, es más, la rareza era para mí una cosa teórica. De pronto vi que ella venía hacia mí. Lo miré a él y vi lo un claro gesto de aprobación. Intentaba decirme algo así como “cuídala, tiene problemas”. Asentí con la mirada. En efecto, ella llegó hacia mí, me saludó en un torpe español y me preguntó si hablaba inglés, “un poco” le dije. Entonces comenzó mi inmersión canaria en la psicología profunda. “Veo que estás solo e igual te apetece pasar un rato con alguien, quiero decir, hablar con alguien”. Con mi inseguro inglés le vine a decir que no me importaba estar solo, cosa que era mentira, y que si, que podíamos hablar. “Pero he visto que tú no estás sola”. “Eso no importa ahora” , me respondió. De cerca comprobé que se había puesto algo, no sé qué, pero algo parecido a muchos porros, una pastilla o unas setas, algo lo bastante fuerte como para que su mirada fuera imposible. También consideré la posibilidad de la loca y el loco, la verdad es que me preocupé.
El viaje a Canarias me dio mal rollo desde el principio y además justo en ese momento estaba sensible, débil, en el argumento de la fantasía inverosímil sobre Berta y sus ganas de devorarme. “Lo que importa es que te apetezca hablar,¿ sabes?”.  “Hablemos entonces” le dije. Yo conté la historia del congreso, las razones de mi interés por el hipertexto, mi proyecto de tesis y algo sobre mi turística ciudad de origen. Por ella me enteré que vivían en un chalet cerca de Playa del Hombre. “¿Es bonita esa zona?”, le pregunté. Ella me respondió algo que me empezó a preocupar y anuló mis fantasías sobre Berta: “Todo lo mío es horroroso”, dijo. Joder, o no es para preocuparse, y además en Canarias. Ella, al notar mi temor, mi divina ingenuidad peninsular y provinciana, soltó unas risitas y se agarró de mi brazo: “No te preocupes, no estoy loca”, intentó tranquilizarme, “Somos un grupo de ….ianos”. Yo entendí cualquier cosa menos lo que debía haber entendido y ella me repetía una y otra vez que eran “…ianos”, la pobre, con lo que llevaba encima, tampoco pronunciaba muy bien las erres, así que barajé varias posibilidades: “arrianos” fue la primera, que descarté por disparatada, luego, con la sombra de una u que me pareció oír consideré “uninianos”, algo así como una fraternidad universal que mirar hacia el futuro con la confianza que da la unión. No me aclaraba, necesitaba clasificar a aquella mujer que ahora me estaba hablando de un viejo sabio, de un héroe y de una ninfa. Empecé a pensar que era demasiado, que debía pagar y dejar allí a Berta, al profesor de Davis, a esta pareja de “…ianos”, al viejo sabio y a todas sus ninfas. Hay momentos en los que si uno no sabe quién es toma decisiones absurdas. Aquella iba a ser una de esas decisiones absurdas, lo que iba a ocurrir en las próximas veinticuatro horas pertenece al género de la truculencia, al de las experiencias que no te enseñan nada, sólo que existe un patria de los cuerdos y que yo avanzaba hacia el exilo a pasos agigantados.

lunes, 2 de julio de 2012

La edad de oro de la ciencia literaria.







Había viajado a Las Palmas para participar en un congreso titulado “El hipertexto en la frontera de un nuevo milenio and beyond”. Sí, utilizaba esa coletilla inglesa en el título, la intención era combinar rigor y desenfado. Yo pasaba por una etapa teórica: tenía una vida teórica, una novia teórica, un trabajo teórico, amigos teóricos. Todo debía ser analizado y recodificado de acuerdo a pautas franco-norteamericanas de expresión. Esperaba hacerme un lugar en el circuito de congresos literarios internacionales, categoría: alojamiento en hoteles de cuatro estrellas o más. Eran los tiempos en los que se generalizaba el entrecomillado textual a través de ese absurdo gesto con los dedos índice y corazón de ambas manos. Yo estaba “enamorado” de Claire, en la facultad daba “clases” de “literatura española”; los “congresos” me parecían una magnífica “oportunidad” de “beber”, “comer” e “intentarlo”. El guión de mi vida era teórico. Asistía con cinismo a las sesiones, intercambiaba opiniones, cínicamente, con algunos mandarines académicos holandeses y norteamericanos, felicitaba con cinismo a algún o, preferiblemente, alguna participante por su novedad expositiva. Tomaba distancia teórica al sentarme en la sala, una distancia negra y blanca, llena de referencias, sospechas y envidias. Sabía, porque me conocía, que todo teórico envidia la vida y envidia la obra, a no ser que la teoría también sea vida y obra, y teóricos y con teorías así hay muy pocos y, por lo general, están muertos.
         Todos estaban bastante inquietos porque al congreso asistía Helmut De Boer, el gran pope del hipertexto venido de las tierras bajas, el contacto que abría las puertas a las páginas del Hypertexte Internacional Vademécum. Conozco quien arruinó su vida por publicar en esa revista, se llamaba Berta Guillemon, catalana de Reus, y pilló un sidazo después de  acostarse con uno de sus redactores más loca. Además De Boer era el rey mago de los congresos exóticos, a los que asistía como un veedor asiste a los partidos de fútbol infantil, a la búsqueda de  posibles jóvenes teóricos con los que decorar los paneles de futuros congresos en Bangkok, Québec o Honolulu. Cuando te lo presentaban te miraba de arriba abajo y te hacía un par de preguntas extravagantes del tipo “¿Cuál crees que es la prenda interior masculina dominante en este congreso: boxer o slip?” Entonces las siete u ocho personas que siempre iban con él, sus siete u ocho peces piloto intercambiaban interminables sonrisas académicas acompañadas de infinitos corolarios y referencias cruzadas. Ah, la sonrisa académica, el distintivo sonoro que acompaña al saber de occidente, ese grato gesto con el que evitar todo lo que no sea relevante, todo lo que no sea organizar un próximo congreso. “Profesor De Boer, yo uso boxer, pero apuesto la presencia en el congreso de Honolulu contra una reseña de algún libro de uno de sus peces piloto a que usted usa slips, slips de colores vivos”, no fue eso lo que dije, eso lo pensé luego, siete u ocho horas después apoyando el codo en la barra de un bar perdido en el centro de Las Palmas. En el momento me limité a idiotizarme en el coro de risas académicas y comentarle mi interés por algunos participantes en el congreso de Honolulu. Me sentí una mierda y decidí derivar al encuentro de la truculencia. Y la truculencia se manifestó.
         Harto de sonrisas y encuentros académicos regresé al hotel, me duché y vi las noticias. Salvador Dalí había muerto esa mañana, justo durante el acto de inauguración del congreso, presidido por un inmaculado De Boer. Bueno, inmaculado hasta cierto punto, porque su vestuario aludía a la sangre. Vestía traje blanco, camisa roja, corbata blanca y pañuelo rojo en discreta cascada saliendo del bolsillo superior de la ajustadita chaqueta. La cosa estaba entre un incomprensible homenaje a Polonia o, según escuché al vuelo a una estudiante sentada detrás de mí, un homenaje a un personaje holandés de una colección de comics americanos. Yo me decantaba por Polonia y, fascinado por la follia teórica, encontraba un abanico de alusiones: el Papa, el peligro, la menstruación, las bodas gitanas, la mesa roja y el mantel levitando en una naturaleza muerta de Dalí. Me impresionó un poco pensar que al poco de morir Dalí yo estuviera teorizando con el blanco y el rojo de uno de sus cuadros, pero todavía la casualidad no era causalidad y Dalí estaba en su sitio, demasiado en su sitio ya, y De Boer en el suyo, presidiendo una mesa que festejaba el torbellino teórico de la última década del siglo XX, todo con muchas risitas académicas, infinitas risas agelastas de los que todo lo saben y a los que nada sorprende. Pues bien, me enteré de la muerte de Dalí, evoqué el traje de De Boer, me miré en el espejo y salí a un lunes por la noche en el anacrónico enero de Las Palmas. Con mi corazón abierto de par en par a las derivas truculentas.