domingo, 20 de enero de 2013

Un ascensor hacia Lola










Mientras el profesor M ascendía en un elevador ultrarrápido al piso 54 del Grace Building, sintió un leve mareo acompañado de una instantánea pérdida de orina. Se miró la entrepierna y no encontró una mancha delatora. Se tocó  disimuladamente la entrepierna, como quien acaricia terciopelo, y encontró la calidez de una humedad invisible. Miró al ascensorista. Un negro musculado y vestido de chófer que acababa de quitar la vista de la bragueta de M y que ahora miraba hacia el suelo negando con la cabeza. Iban por el piso 32. M se abandonó a la desidia. No era una desidia normal, era un spleen mosntruoso, gigantesco, un cansancio que parecía venir de los tiempos en que los dinosaurios pisaban la tierra. Era una oleada descomunal de aburrimiento que había nacido como una pequeña gota de pis y que en pocos pisos, del 32 al 35, en un ascensor ultrarrápido, había inundado el ascensor, todo el Grace Building, Manhattan entera y ya iba por el hemisferio norte. En sí, este enorme spleen, no tendría mayor importancia. Lo relativizaría tomando una copa con amigos. M había quedado al día siguiente con los Rosenberg, un matrimonio de mediana edad con los que solía cenar dos veces al año, una a cada lado del Atlántico. Eran sensibles y abiertos, habían hecho terapias. Les contaría lo del spleen, incluso lo de la mancha en el pantalón, a los postres, tras la segunda botella de ese excelente Cabernet Souvignon chileno que compraban por internet. Además Marjorie Rosenberg era bipolar, claro, y muy comprensiva con los estados alterados.

    El problema ahora era la situación que se encontraría al salir del ascensor en el piso 54. Se encontraría con Lola Sidonia, jefa de estudios en el departamento de español, simpática y superprofesional, autora de un bestseller académico titulado Veladas paranoicas: los discursos de Nochebuena de Juan Carlos I y la modernidad líquida. Al volver a imaginarla aquella noche en Madrid, acostados en la habitación de un hotel, fumando en silencio, al imaginar, sobre todo, el tono de su voz cuando dijo “no te preocupes, es normal con todo este puto estrés”, M, todavía ascendiendo, entre el piso 37 y 38, volvió a sentir que se le escapaba no una gota, sino todo un río. El ascensorista seguía con la mirada clavada en el suelo. El profesor M se había meado. Era necesario afrontar esa realidad líquida. Faltaban apenas 14 pisos, diez segundos, para encontrarse con Lola Sidonia y con el resto de profesores y alumnos del seminario sobre “Libido y Humanidades”; apenas segundos para interpretar el papel de profesor que está en condiciones físicas y mentales idóneas para estimular la curiosidad y la libido de un grupo de humanistas residentes en el área de Nueva York.  Ahora sí se había manchado los pantalones. La mancha ya no tenía diámetro, se extendía y crecía, alrededor de la bragueta, hacia la pernera izquierda. Era una afrenta insuperable, un límite crítico más allá del cual se encontraba la vergüenza, la humillación, incluso, incluso, la locura. Para taparla no bastaba la bandolera… ojalá. “Me cago en los cojones”, pensó. A su cabeza vino un repertorio de imágenes muy nítidas  y superpuestas en un rapidísimo zapping que componían un collage incomprensible o demasiado evidente: la decapitación de María Antonieta; Paul Belmondo haciendo esquí acuático; Simón Bolivar moribundo remontando el río Magdalena; Franco leyendo una alocución en inglés ante las cámaras; Lenin desayunando en la penumbra de un tren; Michael Jackson embozado en un burka… El cerebro del profesor M era dos cosas a la vez: el hemisferio izquierdo estaba fijado en una escandalosa mancha que cubría su entrepierna izquierda, allí también estaban sus ojos y el índice de su mano derecha; su hemisferio derecho era un torbellino histórico y cultural sin ningún sentido. Muy lentamente, pues lo vivió como un proceso exasperadamente lento aunque en realidad no duró más de un par de segundos, M consiguió establecer las conexiones necesarias entre los dos hemisferios y volver a ser un hombre capaz de tomar decisiones. El ascensor se encontraba superando el piso 46, menos de diez para su destino y el ascensorista seguía obsesionado por el suelo. M tenía facilidad para establecer posibilidades. Había detectado al menos tres tres en esa situación:

               1.  Dejarse llevar. Presentarse ante Lola Sidonia con mancha y debilidad. Era la posibilidad del naufragio. Dar la charla sin convicción, descentrado, envejecido, participar en el coloquio posterior como un profesor trastornado y trasnochado. Asistir al aperitivo tras la conferencia y exhibir sin pudor la mancha de la vergüenza. Naufragar sin remisión y luego retirarse a una casa junto al mar sin esperar nada, sin temer nada.

               2. Disimular. Construir un parapeto con la bandolera, la chaqueta y un foulard.  Reponerse, exhibir seguridad y despreocupación, mostrarse amable, solícito, interesado por la “Libido y las Humanidades”, proyectar nuevos seminarios, nuevas publicaciones, echar al campo los perros de la caza erótica y luego retirarse al hotel agotado después de otra misión cumplida.

               3. Huir.






     La química interna del profesor M se inclinó por esta última posibilidad. Era una decisión instintiva, tan instintiva que de pronto toda su vida adquiría sentido si pensaba en la huída. Sus cuarenta años de vida eran sólo un entrenamiento para esta situación. Entre el pánico y la educación se decantó por la última y le preguntó, muy cortésmente, al ascensorista si podía detenerse en el piso siguiente ya que había olvidado algo muy importante en la entrada del edificio. La mirada del ascensorista pasó del suelo a la entrepierna del profesor M y de allí de nuevo al suelo para negar con la cabeza. M le explicó que era una sorpresa para la persona que le esperaba a la salida del ascensor, un ramo de camelias, que lo había preparado todo para salir del ascensor con ese ramo de camelias y ahora, por un imperdonable despiste, lo había dejado en un mostrador de la entrada. Que era muy importante ese ramo de camelias para su amiga y para él, una mensaje secreto en el lenguaje de las flores. El ascensorista lo miró como quien mira a un imbécil y le dijo que una vez pulsado el piso al que se dirige, el ascensor sólo puede pararse en caso de emergencia. Dicho esto se colocó un huevo en su sitio, se metió un chicle en la boca y volvió a mirar al suelo. M insistió desde la derrota: “Es que esto es una emergencia”. “I’m afraid it’s not” dijo el ascensorista chasqueando la lengua. De repente una paz infinita se apoderó de ambos hemisferios del cerebro de M. Se había eliminado la posibilidad de la huida. El ascensorista había tachado la tercera posibilidad. Ahora entre el piso 52 y el 54 tenía que decidir entre el naufragio y el disimulo. Pensó en los papeles que tenía para su charla sobre “El humanismo líquido: notas para definir una mutación ontológica”, pensó en cada una de las páginas de su charla, en los comentarios que había añadido en los márgenes en el hotel, pensó en la preciosa carpeta, regalo de un buen amigo,  donde llevaba los folios de la charla. 
    Al final de la ascensión M había envejecido diez años, sentía una paz casi celestial a la vez que un cansancio infinito. El ascensorista anunció: “54th floor” y volvió a casquear la lengua. M veía como se abría la puerta del ascensor. Distinguió el pelo a lo garçon de Lola Sidonia. Nada estaba resuelto pero todo estaba más claro: salía del ascensor como naufrago y como impostor. Al salir el ascensorista le deseó buena suerte, mala cosa, porque M en ese momento era como un torero o un actor, alguien que se jugaba el pellejo o la reputación.

domingo, 13 de enero de 2013

La nada en el siglo XXI






                                                                     Mark Rothko, The Rothko Chapel (1971), Houston, Texas.


Dijo “lo que pasa es que no pasa nada” y miró a María de forma oblicua e involuntaria. Sabía que ese tipo de verdades estúpidas y generales le calentaban el ánimo y más cosas. Al menos, hace cinco años, una frase de ese tipo abría un mundo de bares y madrugadas en el que las risas se mezclaban con el ligero roce de los cuerpos. Un mundo intelectual y sensual que daba sentido a la estupidez. Ahora lo que quedaba era la estupidez desnuda: “lo que pasa es que no pasa nada”, ese acontecer de la nada, la nada como diosa del momento, la nada sucediendo, ya no era más que un lugar común, una frase que desde que la pensó por primera vez, hace una década, habría sufrido una progresión exponencial que la habría desactivado como reclamo erótico y filosófico. La calma chicha metafísica, ese descubrimiento de final del siglo XX, esa encantadora fatalidad de después de la Historia, mira tú por donde, diez años después,  se había convertido en una estupidez. Y Erik lo notó justo a mitad de la frase.  En el arranque iba bien, “lo que pasa…”, se sentía fresco,  lo dijo convencido de que iba a volver a revelar una verdad de nuestro tiempo, se sentía fuerte, jugaba en su terreno. Los problemas empezaron cuando tuvo que utilizar  el verbo ser, el “es” funcionó de desencadenante del aburrimiento. Y luego ya todo fue derrota, abandono y nihilismo: “que no pasa nada”. Los desiertos sudamericanos y los mediodías de los parados.